jueves, 29 de octubre de 2009

¿Necesitas ayuda?

jueves, 29 de octubre de 2009
Llevaba meses sin echar un polvo, así que mis hormonas estaban híper revolucionadas. Vamos que, como dicen en mi pueblo, estaba más salido que el pico de una plancha. Era verano, los tíos sin camiseta y en pantalón corto no ayudaban a calmar mis ansias sexuales. Tan sólo las sosegaba frente a la pantalla del ordenador viendo alguna peli porno para pajearme poco después. En eso pasaba el tiempo durante las vacaciones.

Un día volvía en el coche de un conocido centro comercial cercano a casa cuando vi parado otro coche cerca de un pinar. El conductor se había bajado a echar una meada. Desde la distancia en que le vi, parecía atractivo. Más cuando vestía traje y corbata. Decidí dar la vuelta y averiguarlo. Paré detrás de su coche y el pavo ya se volvía hacia él mientras se recolocaba el cinturón. Sí, estaba bastante bueno.

-¿Necesitas ayuda?

- No gracias, sólo he parado a mear.

-¿Quieres que te la chupe?, me arriesgué a preguntar.

-Vaya, no te nadas con rodeos, contestó al tiempo que mantenía una sonrisa pícara.

Se fue caminado hacia los árboles cercanos, acto que interpreté como un sí, por lo que me apresuré en seguirle. Se apoyó en un árbol y volvió a bajarse la bragueta. Una polla larga, de unos veinte centímetros, y muy gorda se dejaba ver flácida, entre los pantalones oscuros. Al llegar frente a él me arrodillé y comencé a chupársela sin dilaciones.

Respondió a mi lengua enseguida. Me la metía hasta el fondo, sintiéndola en lo más profundo de mi garganta, la sacaba para centrarme en el glande, gordo y sabroso, aún con restos de orina que lo hacían más apetecible. Mientras gemía cada vez con más intensidad, más aceleraba yo mi ritmo hasta que de su boca sólo salió un largo jadeo que acompañó a las sacudidas de su zona pélvica y los chorros de leche agria y caliente que se resbalaban por mi lengua.

Mientras seguía de camino a casa pensaba en lo fácil que había sido desfogarme de alguna manera con aquél tío buenorro vestido de traje. Me sentía irresistible (y medio puta, por qué no decirlo). Al girar la esquina de mi calle me llamó la atención el traje amarillo fluorescente del barrendero. De espaldas no parecía ser el señor bajito y rechoncho de siempre. Me acercaba e iba afirmando mis sospechas. Se ve que al escuchar el sonido del motor se dio la vuelta. Efectivamente, no era el gordo bigotudo, sino un joven con el pelo rapado, con ojos claros y bastante guapo. Se me quedó mirando, y yo también le mantuve la mirada. Conducía lo más despacio posible hasta que le vi por el retrovisor, con sus ojos clavados en mi coche.

Aparqué, y sin sacar la compra del maletero, le puse la correa a mi perro y le saqué a dar un paseo en busca del nuevo barrendero.

-Hola, ¿eres nuevo por aquí, no?

-Sí, estoy cubriendo vacaciones en esta zona.

-Pues vaya cambio, espero que te dejen aquí.

-¿Y eso por qué?

-Estás mucho más bueno que el que había antes.

Se echó a reír.

-Salgo en diez minutos.

-Pues vivo ahí, le invité señalándole mi casa con la mano.

-Pues ahora te veo.

Y me vio. Y yo a él. El cuerpo entero: sus ojos azules, sus abdominales perfectas, su culo respingón y duro y su pollón de más de veinte centímetros que me tragué hasta después de que se hubiera corrido en mi boca tras haber penetrado mi ansioso ano.
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No, todo lo de arriba no es real. Ni creo que se convierta en realidad nunca. Ni creo tampoco que pudiera relatar una experiencia así echándole sólo imaginación. Hay muchos que lo hacen porque leo relatos que a mí me parecen inverosímiles. Y les envidio. Doblemente: por un lado les envidio por haber vivido supuestamente experiencias sin complicaciones con tíos de cuerpos perfectos y penes extra largos. Y por otro lado les envidio por saber escribir ese tipo de historias en el caso de que no les haya ocurrido de verdad.

Lo sé, ni soy buen escritor por no tener la suficiente capacidad para echarle imaginación, ni tengo material en forma de historias morbosas para poder adornar con la poca retórica que pueda saber. Quizá no dejo volar mi imaginación por no creer en ese tipo de encuentros que intentaba relatar líneas arriba. Quizá sean los encuentros perfectos: sexo sin compromisos con adonis como los de las películas.
 
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